CULTO A LA HIPOCRESÍA

Pasó una década desde la peor tragedia que haya sufrido el rock y la sociedad argentina. Miramos hacia atrás para ver en qué cambiamos y nos decepcionamos: todo parece seguir igual (o peor).

Se hace difícil hablar de un hecho tan significante para la sociedad argentina, como lo fue la tragedia de Cromañón, sin ser autorreferencial en el asunto. No tanto por lo ocurrido ese 30 de diciembre de 2004, sino por lo vivido previamente y las secuelas que ha dejado esa noche bisagra. Por supuesto que la mencionada autorreferencialidad, limita muchas veces con la pedantería y va de la mano con la subjetividad, lo que tornaría aburrido este relato casi de forma automática. Por eso, el objetivo de estas líneas será el de realizar una reseña histórica, con tintes rockeros y jurídicos, de lo ocurrido hace diez años en el barrio de Balvanera y sus posteriores consecuencias. Ahí vamos…

En un principio llamada Río Verde (en homenaje a Creedence Clearwater Revival), Callejeros merodeaba en el nuevo milenio como una de las tantas bandas que eran más conocidas por sus pintadas en paredes de los suburbios de la Capital Federal y alrededores que por su música. Habrá que recordar que la Era de Internet no era del todo masiva, por lo que las redes sociales aún no eran parte de nuestras vidas cotidianas. Así pues, el “boca en boca” seguía siendo la mejor publicidad para todo aquel que hiciera arte por esa época, y los de Villa Celina cumplían con las formalidades del caso en plenitud.

El rock argentino había sufrido una pérdida importante con la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (2001), ícono en cuanto a masividad de nuestra música, y hasta ese momento ninguna otra banda había dado el salto de calidad para quedarse con el trono de Los Redondos. Cierto es que La Renga, Los Piojos y La Bersuit, en menor medida, habían podido copar la escena, incluso llegaron a llenar estadios, pero lejos estaban de ocupar el puesto que habían dejado vacante Skay Beillinson, el Indio Solari y compañía.

Lo que sucedía con Callejeros es que a nadie le disgustaba (un dato no menor para lo que representa una sociedad tan crítica como la argentina) y, luego de llenar bares y clubes del under, ese 2004 los encontraba con dos discos grabados (Sed y Presión) y la posibilidad de realizar un Estadio Obras, con todo lo que significaba para cualquier rockero argentino llegar a tocar allí. La fecha indicada era el sábado 31 de junio y sus seguidores, apenas enterados, agotaron las entradas de manera sorpresiva e inédita para el debut de una banda argentina en “El Templo del rock”. Vale aclarar que estamos hablando de músicos que un año antes se conformaban con tocar en lugares pequeños y, con el mismo esfuerzo que cientos de colegas, lograron arribar al escenario máximo del rock vernáculo. Pero la sorpresa no terminaba ahí: por la demanda de entradas, se agregó una fecha más para el viernes 30 de junio. Lo que serviría de precuela para la fecha más importante de su historia.

Este ascenso vertiginoso trajo alegría y confusión a los integrantes de Callejeros, como así también felicitaciones y envidia por parte de colegas, sumidos en ese ego tan propio de los artistas. Pero el rock argento ya estaba consolidado para el nuevo milenio: poseía a sus héroes fundacionales, sus músicos bisagra, una tradición propia y sus rituales que incluían banderas, bengalas y protagonismo por parte del público. Callejeros quería de esa cultura, tomarla, y ser el más representativo de la misma.

La propuesta era simple y efectiva: una melodía rocanrolera distorsionada, una voz (la de Patricio Santos Fontanet) con tintes tangueros y arraigados, y una lírica empática que estremecía hasta al más incrédulo de los oyentes. Evidentemente era lo que el rock andaba necesitando: que alguien cante sus verdades y, por sobre todas las cosas, creer.

Lejos de amedrentarse, los de Villa Celina decidieron hacerse cargo de su rol dentro de la realidad socio-cultural que los rodeaba y, sin ser menos, en ese año graban su tercer CD Rocanroles sin destino, en clara referencia a la infinita cantidad de bandas under que nunca llegan a mostrar su arte. Ese no era el caso de Callejeros, que luego de sus exitosas presentaciones en Obras, decidió presentar su nuevo material ante 15.000 personas en el Club Excursionistas, el 18 de diciembre de 2004. Con este show, y otro en Córdoba ante 10.000 espectadores, quedaba en evidencia que la carrera de la banda era meteórica: lo que a cualquiera le sucedía en el lapso de cinco a diez años, a Callejeros le pasó en cuestión de meses.

Por esta razón, puede ser que los músicos nunca hayan podido sobrellevar la situación de ser el grupo que más creció en menos tiempo en la historia del rock argentino, por lo menos en cuanto a popularidad, y que por sus ansias de humildad (y no quedar como soberbios) aceptaran tocar nuevamente en un lugar que ya les quedaba chico como República de Cromañón, del empresario Omar Chabán, quien mucho tuvo que ver en el éxito de Callejeros y de tantas otras bandas de nuestro rock.

Para hablar de Chabán sólo basta decir que, hasta el hecho que motivó este artículo, era un empresario querible dentro del ambiente rockero (no en vano muchos artistas lamentaron su partida el 17 de noviembre pasado). Desde el viejo Café Einstein (donde dieron sus primeros pasos Sumo y Los Twist, por ejemplo), pasando por Cemento (paso previo y obligado para cualquier banda que quisiera tocar en Obras), hasta su mayor apuesta: la fundación del tristemente célebre República de Cromañón. Lo que otrora era un boliche de cumbia, Omar Chabán lo transformó en un nuevo espacio para el arte rockero. Inaugurado a mediados de ese mismo año (con Callejeros como invitado), Cromañón estaba destinado a ser el mejor lugar para las bandas under. Así fue que, en calidad de agradecimiento mutuo, Callejeros y Chabán decidieron despedir el 2004 organizando tres fechas alusivas a los tres discos callejeros: el 28 de diciembre se interpretaría Sed, el 29 sería el turno de Presión, y el 30 de Rocanroles sin destino, su más flamante trabajo.

Con el tan fatídico 30 de diciembre de 2004, en el que perdieron la vida 194 personas, quedó al desnudo la idiosincrasia de la sociedad argentina y cómo una fecha de festejo puede transformarse en una jornada de terror, con un cóctel de impericia, ignorancia, corrupción y deseo. Esa fecha bisagra cambió para siempre la realidad artística en nuestro país: se cerraron lugares históricos del under porteño y alrededores, mientras que otros comenzaron a exigir un dinero irrisorio a las bandas para asegurarse una ganancia de acuerdo al riesgo sometido. En definitiva, no se aprovechó lo acontecido para concientizar y educar a la sociedad, si no que se castigó y se generó un filtro al que sólo tienen acceso para expresarse aquellos que pueden sustentarlo, dejando de lado la calidad del arte ejecutado por sus autores.

Al momento de buscar culpables, todos los dardos apuntaron a Omar Chabán (con pedido de captura internacional incluida) como gran responsable, pero no fue el único señalado por la justicia: también se incluyó a Diego Argañaraz (mánager de Callejeros), Lorenzo Bussi (encargado de la seguridad) y Raúl Villarreal (coordinador general del local). Y eso no fue todo: luego de varios cambios de carátula (lo que produjo variaciones en las penas), fueron imputados miembros de la Policía Federal Argentina, funcionarios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, por supuesto, la banda de Villa Celina.

Entre las claves del expediente, Callejeros fue imputado por estrago doloso seguido de muerte. El cambio de carátula responde a que el juez consideró que algunas irregularidades en ciertas tareas que se encontraban a cargo del grupo (como la seguridad del local y la cantidad de entradas vendidas), influyeron en gran medida para que se produjera el incendio. En resumidas cuentas, el mapa jurídico de la Causa Cromañón comenzó con una etapa de instrucción donde se imputa y luego se eleva a juicio (terminada la etapa de instrucción), dictando la “falta de mérito” o la “acusación” de los imputados. Con la primera, el imputado queda desligado de la causa; con la segunda, sigue siendo juzgado por el Tribunal Oral.

El sorteado en este caso fue el Tribunal Oral N°24, que el 19 de agosto de 2009 condenó a Omar Chabán a veinte años de prisión por los delitos de incendio doloso calificado y cohecho activo, a Diego Argañaraz a dieciocho años de prisión por los delitos de incendio doloso calificado y cohecho activo, al Subcomisario Carlos Díaz a dieciocho años de prisión por los delitos de incendio doloso calificado y cohecho pasivo, a Raúl Villarreal a un año de prisión en suspenso por considerarlo partícipe secundario del delito de cohecho activo, y a Fabiana Fiszbin y Ana María Fernández a dos años por incumplimiento de los deberes de funcionario público. Tanto los integrantes de Callejeros como el comisario Miguel Belay y el funcionario Gustavo Torres fueron absueltos.

Por supuesto que este fallo es considerado de primera instancia, es decir que existen instancias superiores que lo pueden revertir si es que el mismo es recusado. Y fue lo que finalmente sucedió. Entonces, la causa fue elevada a la Cámara de Casación Penal (segunda instancia), que decidió revocar el fallo del Tribunal y, en 2012, cambió la carátula de "estrago doloso" a "estrago culposo", un delito con menos pena. En esa instancia se revocó la absolución de los músicos y se los condenó. Luego de varias apelaciones, el 20 de diciembre 2012, la Sala III de Casación Penal ordenó el inmediato cumplimiento de las condenas. Desde ese entonces, y luego de apelar la decisión de la Cámara, los integrantes de Callejeros cumplieron condena en cárcel hasta que, en agosto de este año, la Corte Suprema de la Nación ordenó revisar la situación de los condenados y su inmediata libertad hasta tanto no se encuentre firme la resolución. La firmeza de la condena, en este caso, se daría en el caso de que otra Sala de la Cámara de Casación revise y confirme lo resuelto por la Sala III en el año 2012. En resumen, hasta que no haya dos Salas de Cámara que confirmen el mismo fallo, es inconstitucional que los integrantes de la banda continúen presos (excepto el caso de Eduardo Vázquez, quien cumple la condena de prisión perpetua por el homicidio de Wanda Taddei). Esto no significa que sean inocentes: la posibilidad de volver a la cárcel está vigente, aunque ahora mismo se encuentran excarcelados mientras esperan que se encuentre firme la condena o se desestime completamente.

En lo que respecta a nosotros como sociedad, pareciera ser que todo es poco para resolver la sangría que ha dejado la Causa Cromañón. En el día a día se sigue discutiendo quiénes son los culpables concretos del caso, como si nos excediera la responsabilidad de lo sucedido. La “cultura bengalera” de la que fue acusado Callejeros ya se encontraba instalada desde hace años en nuestro rock, como así también las muertes en los recitales previos a Cromañón (Soda Stereo, Los Redondos, Hermética, Divididos), y en ninguno de los casos se nos ocurrió señalar a los músicos como autores del hecho. Ni siquiera cuando Miguel Ramírez murió tras sufrir el impacto de una bengala mientras La Renga tocaba en el autódromo Roberto Mouras en 2011.

“La música no mata” es la premisa de los familiares y víctimas de Cromañón, dejando bien en claro que el ardid judicial de querer encontrar varios culpables, por ser varios los muertos, no hace más que cultivar la ignorancia e insultarnos a nosotros como pueblo. La exigencia de un verdadero mea culpa de nuestra sociedad es la mejor manera de madurar. Condenar a Callejeros por el sólo hecho de haberse producido una cantidad mayor de víctimas que en otros casos, es hacer culto a la hipocresía, siendo éste uno de los peores pecados de la humanidad.

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