BLUES PARA MI GUITARRA

Norberto Aníbal Napolitano hoy cumpliría 65 años. Músico fundacional, de principios inquebrantables. Más de una vez buscó refugio lejos de casa, aunque terminaría recibiendo el afecto multigeneracional del público argentino. Un país sin música, es un país triste. Y sin Pappo también.

“Si supieras qué ternura que existe en mi cosmos, que no se asombra al ver mi música en el tiempo" ("Nunca lo sabrán", 1968)

Una Gibson Les Paul negra. Un triángulo naranja. Un castillo de piedra. Un tren de las 16. Un Susy Cadillac. Todos estos elementos, entre tantos otros, tienen algo en común: forman parte del indestructible cosmos que creó Norberto Aníbal Napolitano. O simplemente Pappo.

Blusero de alma. Sabiduría callejera. Buscó su lugar dentro del naciente rock argentino. Hasta que dio con Manal. Eso era justamente lo que buscaba aquel joven flaco y pelilargo: tocar esa música que había escuchado desde la infancia. Y aprendido a reproducir solo. Luego fundaría Pappo’s Blues.

Sin embargo, terminaría siendo el padre de la escena pesada en Argentina. O el emisario del “Dios del rock pesado” en América latina. Fue después de su primer exilio en el exterior que entre su amor por el blues se coló el metal. El resultado fue Riff. Eliminar a Serú Girán, la misión. Y demostrar cuál tenía que ser el camino, claro.

Así como Andrew Loog Oldham vistió a los Rolling Stones de chicos malos como antítesis de los educados Beatles, el cuarteto enfundado en cuero negro y tachas contrastó con la tranquilidad que aún transmitían las bandas locales en ese entonces. Pero la rudeza no era una movida marketinera: Riff le tiraba la bronca al Proceso militar gobernante. Pero su público confundió libertad con libertinaje.

Tentado por el retiro, la guitarra dejó de llorar cuando Juanse lo convenció de abandonar su taller mecánico para tocar junto a Ratones Paranoicos con Keith Richards en Vélez. En la nueva etapa, Pappo tocaría el cielo con las manos: mientras revivía sus viejas bandas o sacaba discos en solitario, B.B.King lo invitó al Madison Square Garden. “En 42 años de carrera conocí 68 países y muy buenos músicos de blues, jazz, country y rock and roll. Esta noche tengo el orgullo de presentarles al mejor guitarrista de blues de Sudamérica: de Buenos Aires, Argentina, ¡Pappo!”. Del maestro al alumno. Con admiración.

Los más jóvenes, los que no crecieron junto a él, se acercaron a Pappo gracias al reconocimiento de las bandas más masivas de los noventa (La Renga y Los Piojos) y al irresistible disco de reversiones Pappo & Amigos. Aunque los terminaría de enamorar con Buscando un amor, un irresistible disco que mostró a un Pappo contento, renovado, apuntando nuevamente hacia el exterior.

En el arte de tapa de su último (y gran) álbum se lo ve compartiendo una mesa de bar con algunos de sus héroes musicales. Es romántico pensar que hace una década se marchó junto a ellos para mostrarles todo lo que heredó y desatar una zapada blusera.

Un país sin música, es un país triste. Y sin Pappo también. Pero mientras suene algún blues o un rock and roll en la ruta, su recuerdo siempre vendrá a la mente. Los clásicos son así. Inoxidables. Inolvidables.

Pappo en Nueva York

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